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Junio de 2007 Contemplación: Mirar a Dios con Amor Jesús nos enseña acerca de la oración en el Evangelio de San Lucas que comienza con la visita a Marta y María. Cuando Marta se queja porque María no la ayuda a servir, Jesús le responde que María "escogió la parte mejor" (Lucas 10:38-42). María está sentada a los pies de Jesús mirándolo y escuchándolo con amor. Eso es contemplación. En la contemplación, la iniciativa siempre es de Dios que desea vivir en nuestro interior. Por medio de la contemplación entramos al corazón de Dios, que nos habla y nos invita a responderle. La contemplación cristiana es una relación interpersonal con Dios, presente aquí y ahora en Jesucristo. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, nos muestra cómo mirar a Jesús en los "misterios" o hechos de su vida. Nos invita a leer un pasaje bíblico; imaginar la escena; usar nuestros sentidos para ver, escuchar, gustar, oler y tocar la experiencia que estamos recordando; y colocarnos en la escena, abriendo nuestro corazón y respondiendo con amor, admiración, adoración y gratitud. La oración centrada es otra manera de entrar dentro del misterio de Dios. Repetir una palabra (mantra) como el nombre de Jesús o una frase como "Tranquilízate y recuerda que soy tu Dios" nos permite centrarnos en la persona cuyo nombre repetimos, en quien nuestro corazón encuentra tranquilidad y solaz. La contemplación nos llama a "perder tiempo" con Dios. Puede ser tan simple como recitar lentamente las palabras de un salmo, o dar un paseo mental en el cual nos ponemos en sintonía con el ritmo de nuestra respiración y somos conscientes de la presencia de Dios en nuestro interior. La soledad y el silencio son centrales en el desarrollo de una postura contemplativa. Los padres y madres del desierto se alejaron del bullicio de la ciudad para comunicarse con Dios en el vacío del desierto. La mayoría de nosotros no estamos llamados a ese radical estilo de vida, pero estamos llamados a ser contemplativos en acción, lo que significa encontrar a Dios en todas las situaciones, las relaciones y las experiencias de la vida. Para esto, debemos intencionalmente escoger y reservar momentos de silencio en nuestra jornada. Nuestro auto pude convertirse en una ermita o en un refugio mientras viajamos. Hasta nuestra cocina o nuestra oficina puede ser un lugar de contemplación por unos pocos minutos durante el día. Una persona en la calle, la visión de un niño, una amorosa mirada –todo puede ofrecernos momentos de contemplación. En la contemplación, descubrimos nuestra absoluta dependencia de Dios. Juliana de Norwich, la mística del siglo XIV, se sentía abrumada por el amor de Dios por nosotros. En una de sus revelaciones vio una avellana que reposaba en su mano y se dio cuenta que sólo el fiel amor de Dios le impedía, al igual que a todo lo demás, esfumarse en la nada. En la oración contemplativa, no solamente Dios se nos revela, sino que también nos revelamos a nosotros mismos. El conocimiento del amor de Dios por nosotros nos hace conscientes de nuestra bondad, pero también de nuestra necesidad de cambio y de renovación. Tal amor exige receptividad, apertura y fe en que Dios nos acompaña durante nuestro viaje, retándonos y confortándonos. Creemos que mientras permanecemos ante Dios, somos transformados en su imagen. De esa transformación, pasamos a ser portadores de la Buena Nueva, a ser imagen de Dios para los demás, a fortalecerlos para encontrar a Dios en todas las circunstancias de su vida. Para la reflexión Copyright © 2003 RCL • Resources for Christian Living |
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