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January 2006

El Espíritu de la Catequesis
por Carole Eipers

La vocación del catequista se origina en "un llamamiento específico del Espíritu, es decir, un ‘carisma particular reconocido por la Iglesia' hecho explícito por el mandato del Obispo". (Guía para los Catequistas, 2, Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos)

¿Quién es ese Espíritu? ¿Cuál es la naturaleza de su llamado? Para contestar esas preguntas, comencemos por revisar cómo la Escritura nos narra la obra del Espíritu. En el libro de Génesis, el Espíritu se mueve sobre las aguas mientras Dios crea al mundo. Por medio de los profetas, el Espíritu inspira la proclamación de la Palabra de Dios. El misterio de la Encarnación comienza cuando el ángel le anuncia a María que el Espíritu Santo la cubriría con su sombra. Cuando San Juan bautiza a Jesús, el Espíritu Santo desciende "en forma de paloma" y descansa sobre Jesús. La noche antes de su Pasión, Jesús promete enviar su Espíritu a la comunidad de los que creen en él. En el Credo de Nicea, que proclamamos cada domingo en misa, se nos da un resumen de la obra del Espíritu: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas".

Ese mismo Espíritu Santo que inspiró a los profetas y a los demás autores de los libros de la Biblia, que fortaleció a los discípulos para su misión el día de Pentecostés, y que sigue guiando a la Iglesia hasta el día de hoy, es el que te llama a la vocación de catequista.

¿Cómo podemos saber si estamos respondiendo fielmente a ese llamado del Espíritu Santo? Cuando Jesús comenzó su ministerio, repitió las palabras del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor" (Lucas 4:18-19). El catequista fiel a su llamado comparte esa misma misión de llevar la Buena Nueva, de romper las cadenas, dar vista a los ciegos, e invitar a la verdadera libertad.

Sabemos que estamos respondiendo fielmente al llamado del Espíritu cuando usamos los dones que ese mismo Espíritu nos da: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad, Temor de Dios (Isaías 11:2-3, Rito de la Confirmación, 25). Podemos discernir si estamos cooperando con el Espíritu en cuanto vemos en nosotros mismos y en nuestro prójimo los frutos, o sea, los efectos, del Espíritu Santo: gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad. (Gálatas 5:22-23)

Si sabemos que es el Espíritu Santo quien nos llama al ministerio sentimos un gran consuelo, pero también nos exige mucho. Es muy consolador saber que podemos contar con el Espíritu de Dios para que inspire nuestra catequesis, para que nos dé las palabras que tenemos que decir a los que tienen hambre de la verdad. Pero el llamado del Espíritu también nos exige que pongamos de nuestra parte. Tenemos que estar bien preparados. Esta preparación incluye una vida de fe viva, un conocimiento sólido del mensaje básico que tenemos que enseñar, y la adquisición de las habilidades que nos capaciten para mostrar a nuestros oyentes la relación del mensaje que les traemos con sus vidas. Esto requiere una preparación cuidadosa de lo que vamos a decir, y la capacidad de usar un proceso catequético sólido.

El Espíritu nos invita a responder a su llamado, y nos invita a crecer constantemente en la fe y el amor. El Espíritu es como un viento huracanado (Hechos 2:2) que desgreña nuestra autocomplacencia; como un fuego (Hechos 2:3), que nos empuja a sobreponernos a nuestros temores; como una voz suavecita (1 Reyes 19:12) que nos susurra la invitación a cambiar nuestro corazón y a crecer.

San Pablo nos dice: "A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de toda la comunidad" (1 Corintios 12:7). Esas palabras del Apóstol nos retan a compartir la Palabra de Dios con los demás. ¡Qué signo más grande de la presencia del Espíritu en medio de nosotros es ver un catequista verdaderamente entregado, que proclama las Buenas Noticias del Evangelio con tanta pasión, que los que le oyen no pueden resistir el llamado del Espíritu!

Para la reflexión
Reflexiona sobre tu trabajo como catequista. ¿Qué señales encuentras en tu labor de catequesis de los dones y los frutos del Espíritu Santo?

Carole M. Eipers, M.P.S., D.Min., ha servido como directora de la Oficina de Educación Religiosa de la Arquidiócesis de Chicago, en el subcomité de catequesis de United States Catholic Conference of Bishops Es presidenta de la National Conference for Catechetical Leadership y como miembro de la junta directiva de Adult Catechetical Teaching Aids (ACTA) Foundation. Su ministerio también incluye ser miembro de la facultad adjunta del Seminario de Mundelein en Mundelein, Illinois, y del Instituto de Estudios Pastorales de la Universidad de Loyola en Chicago, Illinois. Carole ha publicado muchos artículos en el campo de la catequesis.

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